Los Aretes de Herencia
— Frank Cristiani —
"¿Estás emocionada por tu viaje de una semana?", le preguntó Francis a su mejor amiga Becca.
Becca suspiró. "La verdad no. No me malinterpretes, quiero a Samuel, pero… va a querer tener sexo todo el tiempo"
Francis se sonrojó. "¿Él… te obliga? ¿O... nada más es malo en la cama?"
Becca le explicó que simplemente ya no sentía ese tipo de deseo. Amaba estar con Samuel en todo lo demás, pero el sexo se había vuelto una tarea que la dejaba con culpa. No había nada malo con él; ella nada más no quería eso todo el tiempo.
Francis se mordió el labio. "¡Amiga!, ¿me estás diciendo que esos pectorales y esa mandíbula casi cincelada ya no te probocan nada? Yo mataría por estar con un hombre así."
A Becca se le iluminaron los ojos con una idea.
Tenía un par de aretes mágicos, un regalo de su abuela, que podían intercambiar a dos personas si cada una se ponía uno. Antes de que Francis alcanzara a preguntar, ella ya se había quitado un arete y se lo había pasado.
Cada uno se puso un arete en la oreja contraria.
El cuarto giró con violencia.
Cuando se les pasó el mareo, Francis estaba mirando hacia abajo un par de pechos llenos y suaves y el cabello largo cayéndole por los hombros. Estaba en el cuerpo de Becca. Becca, ahora en el cuerpo de Francis, sonrió y levantó sus pulgares.
"Mantén contento a mi hombre por mí", dijo con su voz. "Yo voy a cuidar bien tu cuerpo. ¡Tú disfruta tu semana!"
A la mañana siguiente, después de un vuelo de toda la noche, Francis (como Becca) llegó al resort con Samuel. En cuanto entraron a su suite amplia con vista al océano, Francis no dudó. Empujó a Samuel a la cama y se le subió encima.
Samuel se sorprendió al principio: su novia nunca había sido tan directa, pero no se quejaba. Tuvieron sexo antes siquiera de desempacar. Luego otra vez cuando despertaron de la siesta. Después de la comida. En el jacuzzi. En la cama de la playa privada bajo el sol. Contra la baranda del balcón mientras las olas reventaban abajo. En la regadera. En el sofá. En el piso.
Francis estaba insaciable. Samuel amaba cada segundo.
Francis montaba a Samuel con un entusiasmo desesperado, gimiendo con la voz dulce de Becca cada vez que se corría. Samuel, sin idea de que esta no era de verdad su novia, apenas podía seguirle el ritmo. Cogieron tanto que para el tercer día los dos estaban adoloridos, marcados de chupetones y mordidas, y sonriendo como idiotas.
Francis nunca había sido tan feliz.
Cada vez que Samuel lo jalaba cerca y le susurraba cuánto amaba a “Becca”, Francis sentía un cosquilleo al saber que era él quien hacía sentir tan bien al hombre por el que siempre había tenido un crush.
Cuando se acabara la semana y por fin regresaran a sus cuerpos, Becca estaría tan orgullosa de lo bien que “ella” había mantenido a Samuel satisfecho.
Francis ya estaba pensando en pedirle prestados los aretes otra vez.

Me encantaría tu opinión
Nadie ha comentado aún.
Sé el primero y comparte lo que piensas!